miércoles, 27 de enero de 2021

2ª Etapa: Villanueva de Algaidas - Baena


Garmin Connect:  Distancia 75,66 km; Altitud 1210 m

 Strava: Distancia 75,66 km; Altitud 1058m

Relive: Distancia 76,6 km; Altitud 1095m

Google: Distancia 66,6 km; Altitud 692 m
  (por vía verde del aceite que se coge en Lucena y no pasa por Cabra pueblo)

Las seis de la mañana. Suena el despertador, me incorporo y lo primero que noto son esas dos rozaduras que habían empezado a secar y que al tensar la piel al ir a ponerme los calcetines se abrieron de nuevo. Me hago la cura y me pongo unos apósitos adhesivos quirúrgicos que me vendió el amable boticario el día anterior. Por suerte eché unos gallumbos anchos al equipaje; eran perfectos para que no se  pegase la piel a la tela mientras dormía.

Recojo la ropa que dejé lavada y tendida por la noche después de ducharme, guardo cuidadosamente todas las cosas de nuevo en las alforjas y otros alojamientos, me aseguro que no me dejo cables ni cargadores; bajo la bicicleta a la calle; cierro la puerta del albergue; dejo la llave donde me dijo el Policía; activo el GPS y emprendo de nuevo el camino buscando ansiosamente tomar un café y algo con lo que entretener el estómago en la primera cafetería que vea abierta.

Son las seis y media. Es noche cerrada, la carretera cuesta abajo y llena de curvas. El terreno ahora es bastante accidentado por la cantidad de riachuelos y ríos de la zona que van a desembocar al Genil. Igual que el día anterior, voy con la confianza de que soy completamente visible por detrás y la luz delantera cumple la misma función, aparte de mostrarme el camino que va apareciendo ante mí.

Sobre las siete y cuarto voy llegando a la siguiente localidad, Cuevas bajas. Un selfie cartelero para mi recordatorio y vuelta al pedaleo. La falta de luz y las señales de tráfico me hacen perder de vista las flechas amarillas. Doy un par de vueltas buscándolas hasta que encuentro a un par de vecinos del pueblo que me guian para encontrar de nuevo la carretera que va hacia el siguiente pueblo.

Cruzo sobre el Río Genil y apunto en mi memoria que es un bonito lugar para venir a pasar un fin de semana en alguna casa rural. No te esperas ver ese tipo de paisajes cuando estás acostumbrado a ver lo que estás cruzando desde que llegas al llano de Antequera y se extienden grandes y extensos terrenos llenos de olivos y más olivos. Ideal para los que gustan de la buena gastronomía, aunque por la hora a la que yo pasé por ahí no había demasiadas ganas de un buen papeo y quedaría en mi libreta de “Lugares pendientes que visitar”

El día va clareando cada vez más y pedaleando pedaleando, casi sin hacer ruido más que el de los jadeos o el de algún que otro crepitar de la bicicleta se empiezan a distinguir conejos y liebres correteando o triscando por entre los olivos y las viñas que casi me van acompañado hasta llegar a Encinas Reales.

Son las ocho de la mañana, llevo ya una hora y media pedaleando y el café con leche y la magdalena que me tomé en Villanueva de Algaidas no sé dónde están, pero en el estómago no porque este me está diciendo que le meta algo más. En el primer bar que veo abierto descabalgo de mi montura y me acuerdo de cuando se me ocurrió lavar el culotte a lo rápido. Los surcos glúteos estaban al rojo vivo y los parches que me habían vendido en  no hacían efecto y, además, se habían enrollado sobre sí mismos provocando más incomodidad.

Aprovechando la entrada en el bar y que iba a desayunar me dirigí al servicio a deshacerme de esos incómodos apósitos y asearme un poco la zona. Tendría que esperar a llegar a Lucena para encontrar una farmacia que me vendiesen algo que aguantase el ejercicio que iba a hacer y que poco a poco fuese curando, que si no me veía volviendo a casa sin finalizar el reto. No me podía permitir ni pensar en ello así que me comí el bocadillo de jamón que me habían servido junto a unas aceitunas, una coca-cola y un cafelito con leche para rematar –¿para qué variar cuando es el mejor desayuno que se puede dar una persona?-, me armé de valor, monté de nuevo en la bici y comencé de nuevo a dar pedales mientras me quejaba de mi escozor.

Sobre las nueve y media de la mañana llego a Lucena y lo primero que hago es seguir con mi ritual cada vez que paso por una población: sacar el móvil y hacerme un selfie con el cartel nominal o en la rotonda adornada con el nombre de la ciudad. Me adentro hasta el centro histórico de la ciudad buscando el centro de información y turismo donde me pusieron la estampa de rigor y me informaron un poquito sobre lo que ver en la ciudad denominada “La perla del Sefarad” –Para agregar a mi libreta “Lugares pendientes que visitar” enormemente recomendable por su importancia histórica-. Es en este punto donde lamento que no se potencie y se le dé más publicidad a este Camino Mozárabe. Es verdad que es muy largo y muy duro, pero toda penitencia tiene su recompensa y esta te la va dando día a día, en cada metro que vas avanzando.  

En cada sitio donde voy parando a sellar, a comprar líquido o sólidos, alguien se interesa porque el paso de peregrinos no es tan abundante como lo puede ser el del camino francés y te hacen las típicas preguntas y a todos se les pone la misma expresión desencajada en la cara:

-¿De dónde saliste?

-De Málaga

-¿Hasta dónde piensas llegar?

-Hasta Santiago

-¡Pero si eso está muy lejos y estamos en Agosto! ¡Te van a tener que recoger con una fregona!

-Por eso salgo temprano y para mediodía procuro estar en el albergue

-Pues mucha suerte y que tengas Buen Camino

-Muchas gracias

 

Salgo de la bulliciosa Lucena tan animado y con ganas de seguir haciendo camino que se me ha olvidado pasar por una farmacia a que me diesen otro “algo” para tratarme esas heridas en los pliegues traseros que se van convirtiendo de molestas a rabiantes. El calor de la mañana va en y la siguiente parada es Cabra. Ya compraría algo allí, puedo aguantar.

Si me hubiese puesto a investigar más y la ansiedad por salir de Lucena no me hubiese cegado, habría visto que la Vía Verde del Aceite pasaba por allí e iba directamente hasta Baena. Pero no busqué flechas amarillas, ni pregunté. Sabía que tenía que ir en dirección a Cabra y con un escozor trasero que pensaba por mi cogí la carretera comarcal y me presenté allí unos cincuenta minutos más tarde. Esta vez sí, el objetivo era encontrar una farmacia donde me diesen una buena solución. ¡Y la encontré! La muchacha que me atendió me dio una pomada como la que se le pone a los niños en las irritaciones de la flexura del codo y talco líquido. Por lo menos era una solución mucho mejor que la de ponerme unos parches quirúrgicos que acababan hechos unos churros (por no ahondar en lo escatológico) y hacían más mal que bien. Guardé a buen recaudo los ungüentos adquiridos y continué con el viaje.

Saliendo de Cabra paré en una gasolinera a comprar una botella de agua. No es de los sitios más recomendables donde comprarla si lo que quieres es ir “de baratillo” porque de todos es conocido que los precios de esos establecimientos son un poquito elevados pero bien valió la información que allí me brindaron que no fue otra que, para mi descubrimiento, la indicación de la Vía Verde que me llevaría hasta Baena.

En un principio me mostraba un poco desconfiado. No por los que me daban la información, sino porque no me veía capacitado para subir unas fuertes cuestas que se veían adelante teniendo que ponerme en pie sobre la bicicleta con el escozor que tenía detrás sumado al calor que hacía, que ya pegaba fuerte. Pero la vía verde estaba más cerca de lo que creía, a mitad de la cuesta, y a partir de ahí vendría todo  llano y bajadas casi hasta el final de la etapa.

Unos trece kilómetros de vía verde recorrí hasta que llegué a la Estación de Doña Mencía (hay un centro cicloturista) y ahí ya continué por la carretera que me llevaba directamente a Baena, donde llegué sobre la una de la tarde. El calor era achicharrante y el agobio ya me hacía actuar con prisas. Aun así procuré mantener la calma y no dar ningún paso mal dado.

Me encaminé hacia el centro de información y turismo donde me pusieron el sello de rigor y me dieron indicaciones de cómo llegar al albergue, en lo más alto del pueblo, como si fuera un chiste, pero con unas vistas preciosas. El Albergue Ruta del Califato.

La cuesta de subida al albergue de verdad que se las traía. Sólo andando ya se puede dar uno cuenta de lo que cuesta subir esa empinada calle que llega hasta la plaza de la Constitución (donde está el Ayuntamiento) y que sigue hacia arriba donde hay una curva de unos 180o a la izquierda,  otro tramo empinado con bastante inclinación (no se concretar el porcentaje de desnivel pero después de los kms que llevaba en el cuerpo y el calor que hacía se multiplicaba en toda su magnitud) y otra curva mucho más abierta hacia la derecha pero sin dejar de subir. Todo eso y con el peso de la bici, más las alforjas. Pues sin pensarlo demasiado, plato pequeño, piñón grande y ¡“p’arriba”!

Este albergue tiene tablas de precios diferenciadas y los peregrinos teníamos nuestros beneficios, aunque también las limitaciones que ello conlleva. Las habitaciones y el baño son compartidos, pero también puedo dejar la bicicleta dentro sin tener que estar desmontando alforjas y demás aparejos. Como era de prever tengo la habitación para mí sólo porque no hay más peregrinos.

Sin pensármelo ni un minuto me calzo los Crocs –ese bendito calzado que hace que te olvides de cualquier dolor de pies- cojo la toalla, la muda “de paseo”, el neceser con todo lo necesario para el aseo y los ungüentos adquiridos en Cabra para practicarme las curas y me voy a la ducha.

Estando ahí dentro escucho voces en el descansillo que separaba el servicio de la habitación y cuando ya acabé la ceremonia de aseo me encontré con la agradable sorpresa de que en mi habitación se había hospedado otro peregrino, Manu, que había comenzado en Almería y se dirigía a Santiago a pie. Nos presentamos allí mismo y charlamos un poco, pero yo ya tenía hambre y él también tenía que ejercer su derecho al aseo después de haber pateado su “media jornada y media”. Es curiosa como cambia una unidad de medida no oficial de un tipo de peregrino a otro. Para mí una jornada era de ochenta a cien kilómetros, para él eran unos veinticinco o treinta.

Con esa pinta de turista playero con camiseta roja, pantalón azul oscuro y crocs azul “camuflaje armada” y me fui a comer algo a la plaza de la Constitución –primera de las dos o tres veces que volvería a hacer ese recorrido en ese mismo día. El menú no es que fuese nada del otro mundo. Un par de cervezas frías casi al punto del hielo y sus tapas correspondientes (una de ensaladilla y otra de choricillos… lo más recomendable para mantener el colesterol en sus niveles :D) y una vez saciado el apetito vuelvo a patear la cuesta para dirigirme a la mejor parte del día, la siesta que me eché después de otra charla con mi nuevo compañero de habitación –aunque sólo fuese por un día.

Manu ya ha hecho en otras ocasiones el Camino en bici y esta vez lo afrontaba en su variante más larga (del contorno peninsular, claro) y a pie. Por lo tanto estaba más que capacitado para darme consejos y yo, novato como era, tanto en el Camino como en el ciclismo de ruta y resistencia, no podía más que apuntar y hacer caso… como buen aprendiz. Uno de esos consejos fue que cada mañana, antes de vestirme, empapase la badana del culotte con el talco líquido. Además de ser la mejor opción para la aplicación previenes otras zonas susceptibles de rozadura, como las ingles o el perineo. La badana, si es buena, tiene que soportar la humedad corporal, el peso y nos tiene que prevenir de las rozaduras (por eso también es muy importante no usar ropa interior en conjunto con la ropa ciclista).

Después de una charla y una siesta nos fuimos a dar una vuelta por Baena. Sobre todo para comprar algo de cena y, muy importante, para desayunar antes de ponernos en marcha. Eran  sobre las cinco de la tarde y a esas horas, del calor que sigue haciendo, no se atreve ni a salir el aire a correr un rato. El único sitio donde se sentía algo de frescor era el interior del supermercado. Compré una tortilla de patatas, una barra de pan, agua, leche con proteínas y unos geles de glucosa para el camino.

Los únicos sitios que se podían visitar a esas horas eran los bares. Entramos en uno, nos tomamos un par de refrescos para celebrar que nos habíamos conocido y que no sería la última vez que nos viésemos aunque sí en este Camino y nos volvimos al albergue a continuar allí la charla y el intercambio de opiniones sobre la vida en general.

Tocaba repasar el itinerario del día siguiente. Dejar cargando luces, reloj y teléfono y tener controlado para emprender la marcha al día siguiente. Había sido un día bastante duro, pero en definitiva, fue UN BUEN CAMINO


 

lunes, 25 de enero de 2021

1ª Etapa: Málaga (El Palo) - Villanueva de Algaidas


Garmin Connect: Dist. 91.03 km; Altitud 2,262m

Strava: Dist. 91,02 km; Altitud 1899m

Relive: Dist. 91 km; Altitud 2013m

Google: Dist. 88,1 km; Altitud 1438 m

Tiempo 6:36:17 

Se emplea un Garmin Forerunner 235 como instrumento de medición y se refleja los datos arrojados por las aplicaciones Garmin Connect, Strava y Relive. Los datos recogidos de Google es información buscada desde el ordenador y son los que arroja la aplicación Google Maps.

  

Es lunes, 5 de Agosto. Las 5 de la mañana y apenas he logrado conciliar el sueño cuando ya es la hora de partir. En mi vida no he tenido una sensación de nervios así y no es miedo. Es una sensación tan extraña que no logro compararla con nada de lo que haya vivido anteriormente. Podría ser que la inconsciencia y la ignorancia de la juventud haya dado paso a la precaución que otorgan las lecciones de la vida cuando se alcanza otra edad. Vamos, que parece que me hago mayor.

Tuve claro desde un principio que para hacer este viaje debía tener muy en cuenta las condiciones climatológicas del sur y tenía que evitar al máximo las horas centrales del día. Así que si quería aprovechar bien el día habría que madrugar mucho y empezar a pedalear siendo aún de noche y viendo amanecer dándole a las bielas.

Es Día de terral y hace un calor terrible pese a lo temprano que es. No bajamos de los 25 oC. Recojo a mi compañero y nos ponemos en camino. En un principio, Rubén iba a venir conmigo todo el trayecto hasta Santiago, pero cada persona tiene su vida y sus circunstancias y la suerte que tuve yo de poder dejarlo todo bien atado para poder pillar todos esos días para disfrutar unas vacaciones no la tuvo él y tuvo que posponerlo a “Sólo Dios sabe cuándo”, lo que hizo que él me acompañase un tramo y luego se diese la vuelta.

Hemos entrenado mucho por esta zona y conocemos bien la carretera, pero nunca lo habíamos pedaleado por ahí de noche. Llevamos buena iluminación, vemos bastante bien por donde vamos y mirando atrás comprobamos que el reflejo de la trasera alumbra con un rojo intenso y brillante como para que el que venga por detrás crea que voy frenando.

Por otro lado el panorama estelar que tenemos sobre nosotros adorna la foto de una manera espectacular. Si hubiese tenido un equipo fotográfico en condiciones –que me prometo conseguir- habrían salido unas imágenes impresionantes de esas madrugadas. La ausencia de contaminación lumínica dejaba visible un firmamento completamente desconocido para mis retinas.

Al amanecer llegamos a Almogía donde tocaba hacer una paradita para echar algo sólido al estómago, algo líquido y unas fotos de postureo que conceda pruebas de la gesta hasta el final del trayecto.

Realmente, el Camino marcado con las flechas amarillas en ocasiones transcurre por zonas que son intransitables para las bicicletas o, en este caso, atraviesa montañas casi en vertical y hay que tomar rutas alternativas que al final no son más que un rodeo. Desde el Puerto de la Torre a Almogía tendríamos que haber tomado el camino por Los Núñez, es más corto pero mucho más empinado.

Continuamos la carretera de Pastelero hasta llegar a Villanueva de la Concepción donde, ahí sí, nos dimos un  buen desayuno a base de Pitufo a la catalana, que no deja de ser un panecillo untado con tomate, aceite y sal con jamón, una coca-cola y un café con leche. No iba a mirarme el consumo de calorías porque la cuesta que sube al Torcal de Antequera y que inmediatamente se nos avecinaba era bastante considerable como para afrontarla con el estómago vacío. Fue justo aquí, sentado en la terraza del bar, que noté unas molestias en las posaderas, justamente en el pliegue, como si algo me hubiese hecho rozadura. No le di demasiada importancia y seguí mi camino con un tarareo mental de una canción que se me había metido en la cabeza en los últimos días y no me podía desprender de ella:  Hase Caló, de Los Mojinos Escozíos.

Al cabo de un rato llegamos a la base del Torcal donde continuamos haciendo unas posturéicas fotos como en varias ocasiones desde Almogía. Ahí ya nos despedimos Rubén y yo. Él dio la vuelta para hacer el camino de regreso a Málaga y que tampoco le pillase la hora fuerte de sol subiendo de nuevo hacia El Puerto de la torre –que le enganchó de lleno, según me contó a mi vuelta-  y yo seguí hacia adelante, hacia Antequera donde llegué más o menos hacia las once de la mañana.

Se suponía, por la planificación elaborada tiempo atrás, que mi primera jornada tendría que haber acabado ahí. Los que hacen el camino a pie tardan tres días en salvar la distancia desde la Capital de la Costa del Sol (van desde la Iglesia de Santiago de Málaga a la Iglesia del mismo nombre en Antequera) y si quieren completar el camino, la mayoría va hasta Sarria y desde allí completan el camino –muy buena opción para quienes quieren aventurarse a esta aventura a pie- y habría sido una buena idea hacer noche donde la hacen todos los peregrinos que hacen el camino a pie pero me encontraba con fuerzas suficientes como para seguir adelante, era todavía temprano y podría recorrer más tramo por si se me complicaba alguna de las jornadas venideras. Así que me fui al Centro de Información y Turismo de la ciudad a que me pusieran el primer sello, monté de nuevo en la bici y continué haciendo camino.

 Como he dicho antes, ya no soy tan joven aunque no sea un viejo y más vale prevenir. Además ¿Qué iba a hacer tantas horas en Antequera si ya me la conozco bastante? Las once de la mañana no es una hora complicada para pedalear y por lo menos un par de horas más pueden ser muy productivas. Paré en una tienda que me encontré cerca del ConjuntoArqueológico de los Dólmenes, compré una botella de agua con la que rellené los dos bidones y un Aquarius que bebí casi de un trago, como si se tratara de una gymkana busqué las siguientes flechas amarillas y me puse de nuevo en marcha sin pensar hasta dónde.

Aquí empezó realmente mi viaje por lo desconocido. Con otros vehículos me he movido por toda España como un pez por el Mediterráneo, pero en bicicleta de montaña no había llegado nunca tan lejos y en ese mismo instante y lugar fue donde pareció que el cerebro empezaba a traducir toda la información que había ido acumulando días antes todo el sistema nervioso. ¡Ahí empezaba la verdadera aventura! Estaba solo y no era una típica salida de las que se sale por la mañana y se vuelve por la tarde al refugio del hogar. Había llegado allí y ahora cada pedaleada me alejaría un poco más de casa. ¿Y a dónde llegaría si me había salido de la planificación? ¿Dónde dormiría? No importaba. Sólo tenía espacio en mi cabeza en ese momento para saborear la sensación que estaba disfrutando bajo un sol cada vez más abrasador.

El camino me apartó de la carretera principal hacia otra que transcurre al lado de las vías del tren y a continuación a un sendero que me llevaría hasta Cartaojal donde gracias a un Sol de justicia que parecía haberse acercado tanto a mi cabeza que podía empezar a sentir su peso, había desaparecido esa primera sensación de euforia del viaje hacia lo desconocido y comencé a pensar en una piscina y una cervecita –el orden era lo de menos, aunque creo que hubiera sido cerveza, piscina, cerveza.

Descalé las zapatillas de los pedales, extendí la pata para aparcar la bici al lado de la marquesina de una parada de autobús, saqué los mapas descargados y el móvil no sin antes darle un par de tragos al caldo caliente que se había convertido aquella agua casi helada que compré en Antequera, le di un par de bocados a una barrita energética de plátano que bien hubiera podido comerla con cucharilla o a lametones, y empecé a estudiar la situación. Si me quedaba en ese pueblo tendría que buscar el albergue –en caso de haberlo- o una pensión. La idea de la piscina cada vez más retumbaba en mi cabeza, pero otra se cruzó en mi cabeza: si has llegado hasta Cartaojal ¿Qué te cuesta llegar hasta Villanueva de Algaidas? Total, parece un pueblo más grande y con más posibilidades para comprar algo de comer en un supermercado y de encontrar un albergue.

Pareció que me dijese a mí mismo esa puñetera pregunta que se hacen los colegas cuando están de juerga para retarse a algo ¿a que no hay huevos? Pues los hubo, vaya si los hubo. Lo que no hubo fue ni cerveza ni piscina. Hubo una especie de duermevela en el asiento de la marquesina de unos veinte minutos (con una oreja pendiente a cualquier ruidito) y de vuelta a la tarea.

Bajo esas circunstancias de sol, calor y principios de deshidratación, debería de haber sido más práctico y tomar el camino más recto posible. Pero con todas esas circunstancias y con el casco aumentando más esa sensación de agobio no lo pensé y seguí hacia adelante siguiendo las flechitas amarillas que me marcaban el camino.

A lo lejos se divisaban unas colinas con molinos de viento y, según los mapas, Villanueva de Algaidas estaba detrás.

Iba por el camino marcado hasta que hubo un momento que me di cuenta que hacía bastante que no veía ninguna flecha. Olivos los que quieras, a montones…. Harto estaba ya de un paisaje tan igual tanto rato, y de Sol… y me faltaba el agua. Me estaba agobiando y lo único que hice fue descabalgar de la burra, tumbarme a la sombra ofrecida por un majestuoso olivo y dormitar un poco más hasta que me dije que tenía que acabar lo que había comenzado y continué hacia adelante, hasta que se acabó el camino en la casa de un paisano que amablemente me rellenó los bidones y me explicó dónde estaba el mojón que me había saltado. Y es que al parecer hay algún vecino gracioso que no le parece bien que el camino pase por ahí y goza, y se lo pasa genial, ocultando la señal haciendo que se pierda la gente. De todo tiene que haber en las oliveras del señor (ahí, viña ni una, oiga).

Di la vuelta, seguí las instrucciones del amable paisano y me dirigí hacia Villanueva logrando esquivar una pequeña cordillera llena de molinos de viento que parecía que era por donde transcurría el camino llegando a mi destino sobre las tres y media de la tarde.

Ya no hubo piscina, aunque sí la cerveza recuperante de rigor. Pedí información y me dijeron que el albergue estaba en el mismo edificio en el que está la oficina de Correos, pero no son estos los que llevan el asunto, de eso, de entregar las llaves, se encargan en el restaurante de Pedro y precisamente ese día estaba cerrado. ¿Dónde iba a encontrar ahora quién gestionara el tema del albergue? Pues en la Policía Local (que realmente se comportaron de una forma exquisita y no tengo más que reconocer la buena atención que me brindaron). Podría haber buscado una pensión, claro, pero por poco que pudiera, si había albergue lo usaría.

A las cinco de la tarde pude dar con el Policía Local de Villanueva que me brindó la llave del albergue –lo tuve sólo para mí-, me selló la credencial y me dio indicaciones de dónde devolver la llave al día siguiente si me iba a ir tan temprano como decía –las cinco de la mañana- y todos quedaríamos tan contentos. Por cierto, el albergue de Villanueva de Algaidas es de auténtico lujo, tiene casi todos los servicios esenciales y es gratis, por lo que se agradece que los que vayan detrás lo dejen, como poco, igual que lo encontraron.

Tal como salí del puesto me encaminé al otro sitio que me urgía y que también había estado cerrado hasta las cinco, la farmacia. Ese pequeño escozor que había sentido por la mañana en Villanueva de la Concepción resultó ser una enorme abrasión causada por las prisas de haber lavado el día anterior el culotte y no aclararlo en condiciones. Ya tenía una penitencia que arrastrar por el camino.

Por fin ya iba tocando el día su fin. Sólo faltaba cenar algo, asegurarme de cargar las luces, el reloj, y el teléfono, apagar las luces y echarme a dormir. Ese día sí que dormiría, los nervios quedaban atrás y el cansancio haría el resto.
Imágenes del Albergue

2ª Etapa: Villanueva de Algaidas - Baena

Garmin Connect:   Distancia 75,66 km; Altitud 1210 m   Strava: Distancia 75,66 km; Altitud 1058m Relive: Distancia 76,6 km; Altitud 1095m...