lunes, 25 de enero de 2021

1ª Etapa: Málaga (El Palo) - Villanueva de Algaidas


Garmin Connect: Dist. 91.03 km; Altitud 2,262m

Strava: Dist. 91,02 km; Altitud 1899m

Relive: Dist. 91 km; Altitud 2013m

Google: Dist. 88,1 km; Altitud 1438 m

Tiempo 6:36:17 

Se emplea un Garmin Forerunner 235 como instrumento de medición y se refleja los datos arrojados por las aplicaciones Garmin Connect, Strava y Relive. Los datos recogidos de Google es información buscada desde el ordenador y son los que arroja la aplicación Google Maps.

  

Es lunes, 5 de Agosto. Las 5 de la mañana y apenas he logrado conciliar el sueño cuando ya es la hora de partir. En mi vida no he tenido una sensación de nervios así y no es miedo. Es una sensación tan extraña que no logro compararla con nada de lo que haya vivido anteriormente. Podría ser que la inconsciencia y la ignorancia de la juventud haya dado paso a la precaución que otorgan las lecciones de la vida cuando se alcanza otra edad. Vamos, que parece que me hago mayor.

Tuve claro desde un principio que para hacer este viaje debía tener muy en cuenta las condiciones climatológicas del sur y tenía que evitar al máximo las horas centrales del día. Así que si quería aprovechar bien el día habría que madrugar mucho y empezar a pedalear siendo aún de noche y viendo amanecer dándole a las bielas.

Es Día de terral y hace un calor terrible pese a lo temprano que es. No bajamos de los 25 oC. Recojo a mi compañero y nos ponemos en camino. En un principio, Rubén iba a venir conmigo todo el trayecto hasta Santiago, pero cada persona tiene su vida y sus circunstancias y la suerte que tuve yo de poder dejarlo todo bien atado para poder pillar todos esos días para disfrutar unas vacaciones no la tuvo él y tuvo que posponerlo a “Sólo Dios sabe cuándo”, lo que hizo que él me acompañase un tramo y luego se diese la vuelta.

Hemos entrenado mucho por esta zona y conocemos bien la carretera, pero nunca lo habíamos pedaleado por ahí de noche. Llevamos buena iluminación, vemos bastante bien por donde vamos y mirando atrás comprobamos que el reflejo de la trasera alumbra con un rojo intenso y brillante como para que el que venga por detrás crea que voy frenando.

Por otro lado el panorama estelar que tenemos sobre nosotros adorna la foto de una manera espectacular. Si hubiese tenido un equipo fotográfico en condiciones –que me prometo conseguir- habrían salido unas imágenes impresionantes de esas madrugadas. La ausencia de contaminación lumínica dejaba visible un firmamento completamente desconocido para mis retinas.

Al amanecer llegamos a Almogía donde tocaba hacer una paradita para echar algo sólido al estómago, algo líquido y unas fotos de postureo que conceda pruebas de la gesta hasta el final del trayecto.

Realmente, el Camino marcado con las flechas amarillas en ocasiones transcurre por zonas que son intransitables para las bicicletas o, en este caso, atraviesa montañas casi en vertical y hay que tomar rutas alternativas que al final no son más que un rodeo. Desde el Puerto de la Torre a Almogía tendríamos que haber tomado el camino por Los Núñez, es más corto pero mucho más empinado.

Continuamos la carretera de Pastelero hasta llegar a Villanueva de la Concepción donde, ahí sí, nos dimos un  buen desayuno a base de Pitufo a la catalana, que no deja de ser un panecillo untado con tomate, aceite y sal con jamón, una coca-cola y un café con leche. No iba a mirarme el consumo de calorías porque la cuesta que sube al Torcal de Antequera y que inmediatamente se nos avecinaba era bastante considerable como para afrontarla con el estómago vacío. Fue justo aquí, sentado en la terraza del bar, que noté unas molestias en las posaderas, justamente en el pliegue, como si algo me hubiese hecho rozadura. No le di demasiada importancia y seguí mi camino con un tarareo mental de una canción que se me había metido en la cabeza en los últimos días y no me podía desprender de ella:  Hase Caló, de Los Mojinos Escozíos.

Al cabo de un rato llegamos a la base del Torcal donde continuamos haciendo unas posturéicas fotos como en varias ocasiones desde Almogía. Ahí ya nos despedimos Rubén y yo. Él dio la vuelta para hacer el camino de regreso a Málaga y que tampoco le pillase la hora fuerte de sol subiendo de nuevo hacia El Puerto de la torre –que le enganchó de lleno, según me contó a mi vuelta-  y yo seguí hacia adelante, hacia Antequera donde llegué más o menos hacia las once de la mañana.

Se suponía, por la planificación elaborada tiempo atrás, que mi primera jornada tendría que haber acabado ahí. Los que hacen el camino a pie tardan tres días en salvar la distancia desde la Capital de la Costa del Sol (van desde la Iglesia de Santiago de Málaga a la Iglesia del mismo nombre en Antequera) y si quieren completar el camino, la mayoría va hasta Sarria y desde allí completan el camino –muy buena opción para quienes quieren aventurarse a esta aventura a pie- y habría sido una buena idea hacer noche donde la hacen todos los peregrinos que hacen el camino a pie pero me encontraba con fuerzas suficientes como para seguir adelante, era todavía temprano y podría recorrer más tramo por si se me complicaba alguna de las jornadas venideras. Así que me fui al Centro de Información y Turismo de la ciudad a que me pusieran el primer sello, monté de nuevo en la bici y continué haciendo camino.

 Como he dicho antes, ya no soy tan joven aunque no sea un viejo y más vale prevenir. Además ¿Qué iba a hacer tantas horas en Antequera si ya me la conozco bastante? Las once de la mañana no es una hora complicada para pedalear y por lo menos un par de horas más pueden ser muy productivas. Paré en una tienda que me encontré cerca del ConjuntoArqueológico de los Dólmenes, compré una botella de agua con la que rellené los dos bidones y un Aquarius que bebí casi de un trago, como si se tratara de una gymkana busqué las siguientes flechas amarillas y me puse de nuevo en marcha sin pensar hasta dónde.

Aquí empezó realmente mi viaje por lo desconocido. Con otros vehículos me he movido por toda España como un pez por el Mediterráneo, pero en bicicleta de montaña no había llegado nunca tan lejos y en ese mismo instante y lugar fue donde pareció que el cerebro empezaba a traducir toda la información que había ido acumulando días antes todo el sistema nervioso. ¡Ahí empezaba la verdadera aventura! Estaba solo y no era una típica salida de las que se sale por la mañana y se vuelve por la tarde al refugio del hogar. Había llegado allí y ahora cada pedaleada me alejaría un poco más de casa. ¿Y a dónde llegaría si me había salido de la planificación? ¿Dónde dormiría? No importaba. Sólo tenía espacio en mi cabeza en ese momento para saborear la sensación que estaba disfrutando bajo un sol cada vez más abrasador.

El camino me apartó de la carretera principal hacia otra que transcurre al lado de las vías del tren y a continuación a un sendero que me llevaría hasta Cartaojal donde gracias a un Sol de justicia que parecía haberse acercado tanto a mi cabeza que podía empezar a sentir su peso, había desaparecido esa primera sensación de euforia del viaje hacia lo desconocido y comencé a pensar en una piscina y una cervecita –el orden era lo de menos, aunque creo que hubiera sido cerveza, piscina, cerveza.

Descalé las zapatillas de los pedales, extendí la pata para aparcar la bici al lado de la marquesina de una parada de autobús, saqué los mapas descargados y el móvil no sin antes darle un par de tragos al caldo caliente que se había convertido aquella agua casi helada que compré en Antequera, le di un par de bocados a una barrita energética de plátano que bien hubiera podido comerla con cucharilla o a lametones, y empecé a estudiar la situación. Si me quedaba en ese pueblo tendría que buscar el albergue –en caso de haberlo- o una pensión. La idea de la piscina cada vez más retumbaba en mi cabeza, pero otra se cruzó en mi cabeza: si has llegado hasta Cartaojal ¿Qué te cuesta llegar hasta Villanueva de Algaidas? Total, parece un pueblo más grande y con más posibilidades para comprar algo de comer en un supermercado y de encontrar un albergue.

Pareció que me dijese a mí mismo esa puñetera pregunta que se hacen los colegas cuando están de juerga para retarse a algo ¿a que no hay huevos? Pues los hubo, vaya si los hubo. Lo que no hubo fue ni cerveza ni piscina. Hubo una especie de duermevela en el asiento de la marquesina de unos veinte minutos (con una oreja pendiente a cualquier ruidito) y de vuelta a la tarea.

Bajo esas circunstancias de sol, calor y principios de deshidratación, debería de haber sido más práctico y tomar el camino más recto posible. Pero con todas esas circunstancias y con el casco aumentando más esa sensación de agobio no lo pensé y seguí hacia adelante siguiendo las flechitas amarillas que me marcaban el camino.

A lo lejos se divisaban unas colinas con molinos de viento y, según los mapas, Villanueva de Algaidas estaba detrás.

Iba por el camino marcado hasta que hubo un momento que me di cuenta que hacía bastante que no veía ninguna flecha. Olivos los que quieras, a montones…. Harto estaba ya de un paisaje tan igual tanto rato, y de Sol… y me faltaba el agua. Me estaba agobiando y lo único que hice fue descabalgar de la burra, tumbarme a la sombra ofrecida por un majestuoso olivo y dormitar un poco más hasta que me dije que tenía que acabar lo que había comenzado y continué hacia adelante, hasta que se acabó el camino en la casa de un paisano que amablemente me rellenó los bidones y me explicó dónde estaba el mojón que me había saltado. Y es que al parecer hay algún vecino gracioso que no le parece bien que el camino pase por ahí y goza, y se lo pasa genial, ocultando la señal haciendo que se pierda la gente. De todo tiene que haber en las oliveras del señor (ahí, viña ni una, oiga).

Di la vuelta, seguí las instrucciones del amable paisano y me dirigí hacia Villanueva logrando esquivar una pequeña cordillera llena de molinos de viento que parecía que era por donde transcurría el camino llegando a mi destino sobre las tres y media de la tarde.

Ya no hubo piscina, aunque sí la cerveza recuperante de rigor. Pedí información y me dijeron que el albergue estaba en el mismo edificio en el que está la oficina de Correos, pero no son estos los que llevan el asunto, de eso, de entregar las llaves, se encargan en el restaurante de Pedro y precisamente ese día estaba cerrado. ¿Dónde iba a encontrar ahora quién gestionara el tema del albergue? Pues en la Policía Local (que realmente se comportaron de una forma exquisita y no tengo más que reconocer la buena atención que me brindaron). Podría haber buscado una pensión, claro, pero por poco que pudiera, si había albergue lo usaría.

A las cinco de la tarde pude dar con el Policía Local de Villanueva que me brindó la llave del albergue –lo tuve sólo para mí-, me selló la credencial y me dio indicaciones de dónde devolver la llave al día siguiente si me iba a ir tan temprano como decía –las cinco de la mañana- y todos quedaríamos tan contentos. Por cierto, el albergue de Villanueva de Algaidas es de auténtico lujo, tiene casi todos los servicios esenciales y es gratis, por lo que se agradece que los que vayan detrás lo dejen, como poco, igual que lo encontraron.

Tal como salí del puesto me encaminé al otro sitio que me urgía y que también había estado cerrado hasta las cinco, la farmacia. Ese pequeño escozor que había sentido por la mañana en Villanueva de la Concepción resultó ser una enorme abrasión causada por las prisas de haber lavado el día anterior el culotte y no aclararlo en condiciones. Ya tenía una penitencia que arrastrar por el camino.

Por fin ya iba tocando el día su fin. Sólo faltaba cenar algo, asegurarme de cargar las luces, el reloj, y el teléfono, apagar las luces y echarme a dormir. Ese día sí que dormiría, los nervios quedaban atrás y el cansancio haría el resto.
Imágenes del Albergue

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