No planifiqué nada al milímetro y dejé margen de error suficiente para poder afrontar cualquier eventualidad que me encontrase en el camino. Me elaboré una hoja de ruta con la que "supuestamente" completaría el recorrido en quince días saliendo, como se dice del buen peregrino, desde el sofá de casa, desde Málaga.
Mil doscientos sesenta kilómetros separan el punto de partida del de llegada y, por cuestiones de cálculo, no tenía más que dieciséis días para completarlo. Partiría el día 5 de Agosto y regresaría en Avión el 21. Casi se podría decir que yo mismo me había montado una aventura contra-reloj con unas etapas que rondaban los cien kms diarios y el agravante del peso extra con todo aquello que crees necesario para el camino (en otra entrada me extenderé en la equipación que dispuse para el viaje).
En un principio preparé el viaje para salir en soledad y aunque convencí a un amigo para que me acompañara en la aventura al final salí yo solo, como estaba planeado. Y aun fastidiándome un nuevo cambio de planes, no puedo dejar de ser sincero y confesar que me emocionaba enormemente el ir en completa soledad.
Supongo que es la añoranza del viaje, lo vivido durante todos aquellos días y las ganas caprichosas de volver a peregrinar lo que me motiva a escribir estas entradas en este blog que tan olvidado tenía y que tan sólo contenía una desde que lo inauguré. Había planeado, en este año Xacobeo, volver a ver al apóstol, para cumplir la promesa y darle las gracias (o al revés, tanto monta...), pero el puñetero COVID-19 nos tiene confinados en nuestras comunidades sin poder salir si no es por una buena razón. Y creo que en este estado de alarma los actos de Fe no lo son. Aunque ahora más que nunca necesitemos de esa FE para salir adelante. En fin... habrá que resignarse y esperar que cambie el panorama, que no hay mal que cien años dure.

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